regreso al siglo XXI
Hace ahora doce días, más de 73 chicos y chicas de entre 13 y 17 años decidieron emprender un viaje que iba a cambiar, por lo menos, el verano 2007: un viaje en el tiempo en busca de la historia de la religión cristiana y de la Iglesia. Objetivo: entender que, aunque no lo crean, ellos también son los protagonistas.
Y lo hicieron, como no, desde el prinicipio, a pesar de la incompetencia orientativa del que escribe, encargado de dirigir el viaje temporal hasta el siglo primero de nuestra era. Con más de un pequeño problemilla, los jóvenes pudieron llegar a asumir que en el trayecto que iba desde el lugar en el que el antes autobús ahora cuádriga romano nos había abandonado a nuestra suerte hasta el lugar conocido como los Rubiales habían retrocedido 20 siglos, aunque las señales sólo acertaban a indicar el trayecto temporal hasta el siglo XV. Mi brújula interplanetaria no tenía pilas, mis pies se hundieron en un riachuelo y, además, empujé a la desventura a Esther, que la pobre no tenía culpa de nada.
Con las primeras jornadas de viaje-campamento llegaron los primeros mártires cristianos: nosotros, víctimas insaciables de esos perseguidores voladores que son los mosquitos, implacables ante nada y ante nadie. La convivencia es difícil y los roces siempre surgen. Más aun entre dos grandes comunidades que buscan el favor de Dios y a las que no les importa dejar de lado al otro, ya sea en una marcha bajo el sol, en la comida o en las actividades. Afortunadamente, personajes como San Vicente Mártir (no Ferrer) nos enseñaron que caminar juntos y trabajar en equipo es el camino más corto hacia nuestro fin y, además, como dicen los Colosenses, se trabaja menos. Pero no todo es color de rosa en esta aventura. Dos romanos hambrientos de sangre no dudaron en aprovechar la mínima exposición pública del santo para ejecutarlo públicamente y esconder su cadáver. La búsqueda del cuerpo profanado de Vicente prometía, y así lo fue, terror, miedo y diversión, a pesar de que algunos ni se atevieran a tocar el cuerpo inerte del mártir para darle cristiana sepultura.
La Edad Media aterrizó en el Molinillo y nuestros valientes caballeros, acompañados de sus hermosas doncellas, tuvieron que hacer frente, ahora unidos, a un nuevo enemigo. El Islam llamaba a las puertas de la cristiandad con la malévola intención de hacerse con la ciudad santa de Jerusalén y el papa Gregorio VI clamaba venganza contra los infieles. Es la Guerra, pero de agua, en la que desembocó un inocente juego de mímica para descubrir las reliquias del Occidente Cristiano. Finalmente, el acuático elemento purificador limpió el corazón de los infieles que pretendieron a lo largo del medievo manchar el nombre de Jesús y de todo el universo cristiano apostólico y romano. Y entre guerra y guerra es normal que a nuestros apuestos caballeros les alcance la lanzada del amor. El trayecto temporal avanza y surgen los primeros devaneos amorosos en las cabañas del campamento sitiado por los turcos. Romances que son cantados por nuestros particulares juglares y trovadores durante las comilonas con las que se festejan los triunfos en el campo de batalla. P, levántate, dale un beso a C y siéntate; S, levántate, dale un beso a M y siéntate; N, levántate, dale un beso a D y siéntate. Nada escapa a radio quechua, tu dial en el campamento. Las visitas nocturnas comienzan a ser frecuentes y los soldados del Santo Padre no dan/damos abasto.
En el ecuador del viaje… travesía en canoa del reino cristiano de Molinillo a Fuente Muñoz, que comienza a vivir los albores de la industrialización. Cuatro siglos surcados a remo por un ejército de marineros de agua dulce que ya quisiera para sí el capitán Jack Sparrow. Chapuzón merecido en un pantano que amenza con venirse abajo. ¿Quién le ha quitado el tapón?
El reloj sigue retrocediendo y con él el campamento avanza hacia su destino. Siguiente parada temporal: el final del siglo XIX y las revueltas sociales de la clase obrera en busca de un salario digno, una jornada laboral más reducida y unas mínimas condiciones de seguridad en el puesto de trabajo. El campamento no da tregua y es el momento de salir a la calle a reclamar lo que es nuestro. Duchas mixtas, agua caliente y potable, campeonatos de truc, streptease del jefe, juegos divertidos… pedid y se os dará dice la Escritura. Lamentablemente el Jefe es un negrero explotador que se convierte en el blanco de las iras de los acampados, hartos de las jornadas interminables de trabajo en la fábrica del patrón. Ya lo dijo el pueblo: del señorío no me fío, hasta los cojones de sus imposiciones, queremos pan queremos vino queremos al jefe colgado de un pino. De quien sí se fiaron nuestros viajeros en el tiempo, igual que muchos niños por aquel entonces, fue de un joven sacerdote llamado don Bosco, creador de la formación profesional y a quien pudieron acogerse para salir de la miseria, único plato caliente que les servía la calle. El mundo se hunde y en los países empobrecidos no es distinto el panorama. Comerciar con plátanos con un gobierno corrupto y una multinacional a quien no importan las personas obliga al tráfico ilegal y al mercado negro. Que se lo digan a Santonja, que se enriqueció vendiendo bananas de papel en un mercado paralelo creado por él mismo. O a Pepe, que intentó colarme plátanos atados por unos clips que yo no había fabricado. La pobreza es la tierra donde se cultiva la mejor picaresca. Y si sumamos la tragedia de la inmigración, la cosa toma tintes dramáticos. Dormir con o sin tienda no es comparable a cruzar el estrecho en una patera pero la tensión hizo que cada cual asumiera su rol. Esto es un juego, y afortunadamente, así se entendió, aunque con mucho esfuerzo.
Nuestro particular DeLorean (el coche de Regreso al futuro) sigue rodando en el espectro temporal hasta los míticos 60 del siglo XX. Allí, un viejo rechoncho, que no es ni hippy ni melenudo, pero que quiere la paz y el amor para todos da un golpe sobre la mesa con el Vaticano II. Es el papa Juan XXIII y no le gusta la Iglesia con la que se ha encontrado al sentarse en la silla de Pedro. Para ponerla al día no duda en acudir a Benagéber en visita apostólica y llamar a nuestros melenudos sesenteros a trabajar por un cambio radical en la parroquia en la que viven. Es el Concilio Vaticano III y ha llegado a la Asunción de Nuestra Señora. Pero no todo es trabajo en las jornadas conciliares. El Papa fue joven y para recordarlo da una jornada de descanso y recuerda un juego que aprendió en sus años de seminarista. El Furor, llamado Rebelión en el convento, entre Juniors y Juveniles, con victoria para los últimos, ha pasado ya a la historia de los campamentos benageberianos. La visita de Juan XXIII desató el fervor de los acampados. Que pasión, que cánticos, que rivalidad, que piques, que tensión… pero a la vez… que germanor entre dos movimientos de una misma Comunidad.
El reloj temporal llega a su fin: el siglo XXI. Es el momento de reflexionar, de analizar y de evaluar. Sí, podría haber sido mejor. Pero es lo que ha sido. Toca, después de lo visto y aprendido, pensar cuál es mi papel ahora. Qué quiero hacer. Qué no me gusta. qué quiero cambiar. San Vicente, don Bosco o Juan XXIII fueron inconformistas en la sociedad que les tocó vivir. Es nuestro momento. No dejes para mañana o que puedas hacer hoy. Como dice un spot publicitario… el momento es ahora.
GRACIAS POR UN GRAN CAMPAMENTO… HASTA EL AÑO QUE VIENE!




Qué me diceeeeees. Encara no acabe d’entendre perquè fou una victoria juvenil (arrítmics totals, per cert) quan jo vaig vore un clares tables en el marcador tant en joc como en resultat…
En fin, lo de menys és el resultat, sinó compartir esglèsia, parròquia, moviments i campament… però visto el resultado no hi haurà més “güebos” que repetir proposta l’any que ve i que els menudets juniors tinguen dret a la revenge, jejejeje….
Enhorabona pel campament!!!
Jejeje, m’he limitat a referir-me a com va quedar el marcador final. No veig el moment que arribe l’any que ve!!!!